Muchos monumentos históricos no pueden adaptarse a la accesibilidad sin comprometer su protección patrimonial. Es el caso de las Torres de Serranos. Para responder a este problema, el Ayuntamiento de Valencia convocó el reto “Turismo accesible”. La propuesta ganadora es un pabellón efímero en la plaza de la Crida, a los pies de las Torres. Funciona como centro de interpretación y acerca el monumento a todos los públicos, con especial atención a las personas con discapacidad.
Arquitectura en el umbral
Las ciudades amuralladas se relacionaron con sus límites de formas diversas. Por un lado estaba la arquitectura defensiva, masiva y pétrea, levantada para cerrar, proteger y durar. Por otro, los arrabales, barrios que crecían fuera del recinto a lo largo de los caminos. Entre ambos quedaba un territorio intermedio, ni intramuros ni arrabal: un espacio de indefinición formal y programática donde la ciudad se encontraba con quién llegaba y donde surgían usos espontáneos y esporádicos. Allí se detenían los carros de mercancías, se pagaban los derechos de entrada, se instalaban puestos y tenderetes, se improvisaban mercados y se buscaba sombra al pie del muro. Allí se recibía también a reyes y embajadores, para quienes la ciudad levantaba arcos, tablados y decoraciones que desaparecían al terminar la fiesta. Era una arquitectura ligera y temporal, de madera y tela, que aparecía y desaparecía al ritmo del trasiego, y de la que apenas ha quedado rastro.
El pabellón se sitúa precisamente en ese umbral, extramuros, entre el río y la muralla. No compite con las Torres ni aspira a permanecer: recupera esa condición ligera y provisional para responder, a la escala del visitante, al gran monumento defensivo de la ciudad.
Una plaza dentro de la plaza
El pabellón se concibe como un fragmento de espacio público cubierto. Su premisa fundamental es la accesibilidad, por lo que se apoya directamente sobre el pavimento, sin escalones ni bordillos. Se compone de dos elementos principales. El primero son tres módulos de madera que, a modo de grandes muebles, actúan a la vez como estructura portante, almacén y soporte expositivo. El segundo es una cubierta reticular de madera que descansa sobre ellos, con casetones cerrados por piezas textiles que tamizan la luz y crean un refugio climático en una plaza muy expuesta al sol. El pabellón acota un espacio de difuso límite con la plaza que se abre hacía la misma y viceversa.
Arquitectura que se despliega
Cada módulo funciona como una pequeña máquina expositiva. Durante el día se abre mediante puertas que se pliegan y quedan ocultas en el propio módulo. Por la noche se cierra por completo y queda protegido de la intemperie y del vandalismo. En su interior alberga una estación de realidad virtual con recreaciones históricas del entorno, una pantalla con contenidos subtitulados, una maqueta táctil del monumento y un cajón de materiales constructivos para tocar, mirar y oler.
Una intervención efímera
Como los puestos y los carros que ocupaban ese umbral, el pabellón está pensado para llegar, abrirse y marcharse. Se fabrica íntegramente en taller, se transporta en un solo camión y se monta en dos días. Al terminar su vida junto a las Torres, sus piezas pueden reutilizarse o trasladarse a otro emplazamiento.